Titanes del Pacífico o volver a ser un niño

El segundo.

180 millones de metal virtual, tan geniales como suenan se ven

180 millones de metal virtual, tan geniales como suenan, tan así se ven

Mi reseña es corta como mi memoria infantil, pero así también es emotiva:

No soy muy grande. A mí me tocaron lo Power Rangers, los Pokemones y los Digimones (aunque estos dos ya tardíos), Gundam y toda la parafernalia japonesa que era nuestro sol naciente de la televisión y el cine infantil de aquellos tiempos. No fue hace mucho y sin embargo parece la prehistoria. ¿Cuándo fue el último momento que lanzaron un Kame Hame Ha? ¿Que se transformaron en el Megazord? ¿Que dieron espadazos como los de Samurai X? Quizás no logren recordarlo con Titanes del Pacífico, pero seguro, carajo, que sentirán la misma emoción.

Guillermo del Toro se burla un poco de esto en una entrevista que da en la Comic Con:

“En mi generación había carícaturas japonesas geniales, no como en la de ustedes, que les tocó puro poquemón”. Es cierto, pero también las hay ahora, y de hecho yo creo que en nuestro tiempo las hubo mejores: a nosotros nos tocó ver los primeros universos de animé creados no para niños (como los que propuso Leiji Matsumoto, quien después dirigió la genialidad de Interstella 5555 ya más para acá) sino para adultos, pero los vimos con nuestros ojos de infantes. Tomábamos el chocolate y nos sentábamos frente a la caja que alguna vez no fue tan idiota, y absorbíamos.

¿Qué veíamos en ellos? Acción. Atracción del golpe y la patada y mundos geniales donde ocurrían cosas geniales. Gente que no se rendía y héroes que siempre fueron infinitamente más complejos que los héroes americanos, aunque a ratos terriblmente más infantiles. ¿Qué los hacía tan geniales a nuestros ojos? Después de analizarlo muchas veces, creo que la ritualidad de la batalla, el previo juego de seducción hasta al climax de los madrasos.

Me explico: los Power Rangers no se meten a una cabina y se quitan la playera para salir a matar malos. No, no se puede. Son japoneses y vienen de la tradición ritualista de las danzas butoh y los ninjas. Los Power Rangers tienen que hacer la coreografía, gritar su nombre, presionar los aparatos, encender las luces y finalmente acoplarse al traje. Lo mismo cuando se hacían el robotsote, era un espectáculo visual. Ese sentimiento de espectación, de ansias, de “¡ahora sí viene lo bueno!”, debe tener una palabra en japonés que evidentemente no tiene traducción al español, pero que es lo que nos mantenía.

Necesitábamos Power Rangers de calidad, Evangelion real, Gundam remasterizados

Necesitábamos Mazinger Z de calidad, Evangelion real, Gundam remasterizados

¿Y a qué viene esto? Bueno, a que esta película me hace andar retro en lo poco que tengo de vivido y me hace pensar que, francamente, ese sentimiento que en Inglés podríamos llamar hype, quizás, es de las cosas que más extraño de mi niñez y es lo que Guillermo del Toro me ha devuelto.

Titanes del Pacífico es una película que cuenta una historia demasiado simple, hasta simplona: los monstruos que vienen del fondo del Pacífico (los Kaijus) se han hecho cada vez más avanzados y se necesita detenerlos definitivamente porque los robots gigantes que los combatían (Jaegers) se están agotando, de hecho sólo quedan cuatro, y hay que salvar al mundo.

Aún sin la profundidad de una historia japonesa, sin la duración de un animé, sin el respaldo de una franquicia, del Toro lo ofrece todo: la primera batalla de un Jaeger vs Kaiju es un preámbulo demasiado fuerte para lo que viene y está perfectamente bien coreografeada. Yo me mordía todo lo mordible y me respaldaba en mi butaca. ¡Un monstruo del tamaño de un edificio luchando contra un robot! La dimensión, que es algo que se ha perdido en las películas del género (olviden la mugre de Transformers, que por cierto miden la uña de un Jaeger) ahora sí es palpable. Los ángulos, las escenas que generan el contraste, como el barco que salva el Jaeger antes de entrar el batalla, todo le da una fuerza tremenda. ¡Carajo, si desde la escena del puente de San Francisco todo se ve brutal! Este sentimiento de brutalidad es puro, muy puro, y muy raro en el cine de ahora.

No es perfecta, claro que no. Hay que cumplir pre-requisitos, como se han dado cuenta: ser fanático del animé de robots gigantes, por consecuencia nerd, y haberlo vivido en su momento, de alguna forma. Ser hombre ayuda bastante. Porque siendo sinceros, queda mucho a deber como película: las tramas laterales con su disque-enfoque científico carecen de sentido (si han visto bodrios como El Núcleo o 2012, bueno, sabrán a lo que me refiero: los locos científicos que dicen que se va a acabar el mundo y nadie les cree y que tienen una teoría que lo explica todo y a la vez nada), los personajes son clichés, planos o demasiado torpes (con excepción de Mako por Riko Kikuchi, ahí aplausos) y para el público en general no ofrece nada nuevo: robots peleando.

Pero para quien como su servidor llegó a jugar a las peleas de Dragon Ball en la escuela, pues, será oro molido. Olviden el sentimentalismo. Olviden la profundidad. Ni siquiera en inglés existe una palabra para describir no el hype, sino el sentimiento que da cuando por fin el héroe saca el poder especial, ahí cuando todo parecía perdido, y puede ganar la batalla final y después de ese suspense de saber si pudo sobrevivir al poder, se levanta y vitorea. Pero en español sí existe esa palabra: es el sentimiento de Chingonería, y Guillermo del Toro nos lo ha regresado. Gracias.

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